LA REFLEXIÓN
Si tienes hijos (yo tengo 2), seguro que has vivido esta escena más de una vez.
Y si no tienes hijos, te vale igual con sobrinos, primos o hijos de amigos.
Estás en el parque.
El niño o la niña jugando en la arena.
Y tú, con tu cabeza de adulto que cree que ya entiende cómo funciona el mundo, sabes perfectamente para qué sirve una cuchara de plástico:
para hacer castillos, cavar agujeros… o enterrar cadáveres, si nos ponemos creativos.
Pero para ese enano no.
Para él o para ella, esa cuchara puede ser otra cosa:
una cebolla,
una pala mágica,
una pieza de un huerto,
o el aldeano que recoge la cosecha.
Y ahí pasa algo interesante.
Tú tienes dos opciones:
La primera: entrar en su juego. Aceptar sus normas. Desaprender lo que sabes. Y jugar desde su mundo.
La segunda: cerrarte. Pensar que está “jugando mal”. Enfadarte. Y mirar para otro lado.
Si eres de los primeros, te auguro buen futuro.
Porque si eres capaz de aprender (y desaprender) con un niño en un parque,
también vas a ser capaz de hacerlo en la vida.
En tu trabajo.
En tus fotos.
En tus vídeos.
En tus ideas.
En cualquier proyecto que te tomes en serio.
Si eres de los segundos —los del ego, los del “yo ya sé”, los de querer tener razón siempre—, ahí ya lo tienes más difícil.
Porque el mundo cambia.
La gente cambia.
Las reglas cambian.
Y si tú no cambias, te quedas fuera.
Hay que aprender de todos.
De todos.
Da igual cuántos seguidores tengan.
Da igual si están en YouTube, en Twitter o no tienen ni redes.
Da igual si acaban de empezar o llevan 20 años.
Todo el mundo tiene algo que enseñarte.
A ti.
Y a mí también.